Un abuelo tiene la sabiduría de un búho y el corazón de un ángel

Puedo asegurar que los mejores momentos de mi vida, durante la infancia, era comer en casa de mis abuelos. Su hogar era sinónimo de alegría, y a mí me gustaba, particularmente, escuchar a mi abuela contarme historias y disfrutar los deliciosos almuerzos que ella hacía.

A los abuelos muchas veces no se les da el tiempo que necesitan, pero no hay que olvidar que forman parte de nuestra familia y sí recordar lo importantes que son para nosotros.

¿Quieres escuchar una buena historia? Conversa con tus abuelos, con ellos pasarás horas enteras sabiendo de anécdotas interesantes y valiosas, y cuando tú mismo vayas envejeciendo, lograrás darte cuenta de cuan útiles te serán en la vida.

Ellos han  pasado por tantas experiencias durante estos años,  y tienen muchas lecciones que te brindarán con todo su cariño.

Todos acumularemos vivencias, conforme corran los años y ya nos llegará el turno de relatar nuestras historias a los más jóvenes. Si en este momento tienes la dicha de llegar a casa y poder encontrar a tus abuelos, entonces tienes la oportunidad de recibir algo de su sabiduría, escúchalos, valóralos y ámalos.

A continuación, un cuento que invita a la reflexión:

Un padre casó a su hijo y le donó toda su fortuna.  Se quedó a vivir el padre con los recién casados, y al poco tiempo el matrimonio tuvo un hijo.

Fueron pasando los años, uno tras otro, hasta catorce.  El abuelo, anciano ya, no podía andar sino apoyado en su bastón, no quería comer, le dolía todo y se pasaba el día quejándose.

La nuera le decía continuamente a su marido:

– Yo me voy a morir pronto si tu padre continúa viviendo con nosotros.  Me es imposible aguantarlo por más tiempo.

El marido le habló al padre de esta manera:

– Padre, sal de mi casa.  Ya te he mantenido muchos años.

– Hijo, no me eches.  Soy viejo, estoy enfermo y nadie me querrá.  Para el tiempo que me queda de vida no me hagas esto.  Me contento con un poco de paja y un rincón en el establo.

– No es posible, vete.  Mi mujer también quiere que te vayas.

– ¡Qué Dios te bendiga, hijo mío!  Me voy, ya que así lo deseas; pero al menos dame una manta para abrigarme, pues estoy muerto de frío.

El marido llamó a su hijo, que era ya un muchacho.

– Baja al establo –le dijo- y dale al abuelo una manta de los caballos para que tenga con qué abrigarse.

El niño bajó al establo con su abuelo; escogió la mejor manta de los caballos, la más grande y nueva. La dobló por la mitad, y, haciendo que su abuelo sostuviera uno de los extremos, comenzó a cortarla sin hacer caso a lo que el anciano, tristemente, le decía:

– ¿Qué has hecho, niño? –exclamó el abuelo-.  Tu padre te ha mandado que me la dieses entera.  Voy a quejarme a él.

– Haz lo que quieras – contestó el muchacho.

El viejo salió del establo y, buscando a su hijo, le dijo:

– Mi nieto no ha cumplido tu orden: no me ha dado más que la mitad de una manta.

– Dásela entera- le dijo el padre al muchacho.

– No –contestó el chico-.  La otra mitad la guardo para dártela a ti cuando seas mayor y te eche de mi casa.

El padre, al oír esto, llamó al abuelo, que ya se marchaba.

– ¡Vuelve, vuelve, padre mío! –le dijo-.  Te hago dueño y señor de mi casa.  No comeré un pedazo de carne sin que tú hayas comido otro.  Tendrás un buen aposento, un buen fuego, vestidos como los que yo llevo…

Y el buen anciano lloró sobre la cabeza del hijo arrepentido.

Hay tantos casos en los que la ingratitud de los hijos, hace sufrir a los padres, como si olvidaran todos esos recuerdos que los unen. Sus arrugas y achaques no son estorbos, son marcas de vida, sus palabras no son disparates, son lecciones.

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