Carta de un delincuente a su madre

A pocas horas en su celda, esperando ser ejecutado, pidió como último deseo papel y lápiz. Luego de escribir por varios minutos, le dijo a su custodio: “Por favor, entregue esta carta a mi madre.”

La carta decía así:

‘Madre, creo que si hubiera más justicia en este mundo, tanto tú como yo deberíamos de ser ejecutados.

¡Tú eres tan culpable como yo de mi miserable vida!

¿Te acuerdas, madre, cuando llevé a la casa aquella bicicleta que le quité a otro niño igual que yo? Me ayudaste a esconderla para que mi padre no se enterara. ¿Te acuerdas, madre, cuando me robé el dinero de la cartera de la vecina? Fuiste conmigo al centro comercial y lo gastamos juntos.

¿Te acuerdas, madre, cuando botaste a mi padre de la casa? Él sólo quiso corregirme por haberme robado el examen final de mi grado y a consecuencia me expulsaron.

Madre, yo era sólo un niño, luego fui adolescente ¡y ahora un hombre mal formado!

Era sólo un niño inocente que necesitaba corrección, y no consentimiento. Te perdono, y sólo te pido que le hagas llegar esta reflexión a todos los padres del mundo, que sepan que ellos son los únicos responsables de formar a un hombre decente, o a un vulgar delincuente.

Gracias madre por darme la vida y gracias también por ayudarme a perderla.

Firma tu hijo, El Delincuente.’

Dice el cuarto mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Pero esta ley sagrada debería ser respetada, y aun así se abusa de su poder.

Como adultos, deberíamos corregir con amor y disciplina a nuestros hijos para que sean dignos de honra una vez que sean padres, no para que llenen mentes inocentes de veneno.

Pues “Un buen padre es una fuente de inspiración y autocontrol. Una buena madre es la raíz de la bondad y la humildad” y “No es nuestro trabajo endurecer a nuestros hijos para que se enfrenten a un mundo frío y cruel. Debemos criarlos para hacer que el mundo sea menos cruel y frío”.

Si tienes hijos ya sea biológicos o adoptados, sigue estos consejos: sé estricto pero justo, escucha sin juzgar, corrige sin humillar, enseña dinámicamente, no recurras al miedo, no hagas comparaciones entre tus hijos, y, más importante, NUNCA ABUSES DEL CUARTO MANDAMIENTO. Solo porque le diste vida a tu hijo no quiere decir que ya te hayas hecho digno de su honra.

Enséñales a ser valientes, siendo valiente.

A respetar a los demás, tomando en cuenta sus opiniones mientras los motivas a hacer lo mismo con otros.

A ser amables y mostrar vulnerabilidad sin pensar que eso es debilidad. Decir que los varoncitos no deben llorar es absurdo, no les hagas creer que deben contener para siempre sus emociones.

Solo te harás digno de ser honrado cuando le hayas enseñado a desarrollar un corazón honesto y una mente abierta con los cuales enfrentar las dificultades del mundo. Cuando te recuerde con alegría y orgullo, no con amargura. De lo contrario, solo habrás dado a luz una vida para destruirla junto con otras como consecuencia.

Porque ser padres no es una posición de poder ilimitado, es un privilegio y deber para cambiar al mundo. Tener un hijo cambia nuestro mundo, así que hagámoslo bien.

Si realmente quieres poner un granito de arena en esta sociedad, copia esta reflexión que sin duda puede ayudar a otros.

Dios bendiga a aquellas madres que se sienten orgullosas de haber formado hombres útiles a la sociedad y no delincuentes a los que no les tiembla la mano para arrancar vidas y robar lo que con tanto sudor y trabajo le cuesta a los demás.

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